LOS PAPELES DE JULIO MARTELL: LA MINGA

Por: Adalberto Agudelo Duque

Uno no puede menos que sobrecogerse con los artículos del periodista Martínez Lloreda o las peticiones de los alcaldes de Soacha y Fusagusagá o las declaraciones de algún oyente de radio que sataniza a los indígenas como los mayores terratenientes del país. A Martínez Lloreda se le saltó la chispa del blancaje  caleño que ubica a la aristocracia en lo más alto y granado de la sociedad. Y los alcaldes mostraron el cobre de su ignorancia absoluta. Solicitarles que no pisen sus municipios es denigrante, viola la C.P.C.y desnuda los sentimientos de odio, miedo y supremacía racial. ¿Un turista “blanco” debe pedir permiso para conocer Soacha o Fusagasugá? La C.P.C. garantiza el derecho ciudadano de tránsito o permanencia en cualquier rincón del territorio nacional. ¿Son o no ciudadanos los indígenas? Y en últimas ¿de quién es la tierra sino de los indígenas? Los europeos, una “cultura” guerrerista, cruel y despótica, invadieron una América culta y civilizada y la dominaron por el método de la sevicia, la crueldad y el horror de las pestes, la esclavitud y el desplazamiento. Los escasos movimientos de resistencia armada no pudieron contener el exterminio de naciones enteras que, si sobrevivieron, fueron trasculturizadas como los Chibchas en Cundinamarca y Boyacá.

Los alcaldes de Fusagasugá y Soacha ¿son blancos puros? Seguramente mestizos, deben tener en sus genealogías algún apellido muisca que grite su indigenismo, proteste por la esclavitud y pregone su sangre. Entre otros detalles, la minga nos recordó que la Insurrección de los Comuneros fue el primer paro nacional agrario o la primera minga o la primera manifestación indígena y campesina que puso en
jaque al virrey y sus ministros. Pero la de Galán, no la de Berbeo que traicionó el movimiento de El Socorro con Manuela Beltrán a la cabeza. Galán, mestizo, campesino, proclamó y promovió la libertad de indios y negros, exigió la restauración de los resguardos (propiedades colectivas) y se adelantó 30 años a los gritos del 20 de julio VIVA EL REY, ABAJO EL MAL GOBIERNO. Y, versión de Ignacio Torres Giraldo, no se encendió su furia por las alcabalas sino porque el virrey le puso precio a los indígenas para apropiarse de sus tierras y cederlas a las migraciones españolas que, desde 1720, invadieron, de nuevo, su territorio ancestral. La matazón fue impresionante pues los cazadores portaban
como prueba los cráneos de sus presas.

Con Bolívar y la insurrección de los criollos fue peor: para el amo de San Mateo. Los indios eran “… más ignorantes que la raza vil de los españoles…” Y aunque desde 1816, habló de la liberación de los esclavos, no liberó él mismo a los centenares de negros y de nativos esclavos en sus plantaciones de cacao, caña y tabaco. De modo que su discurso fue más demagogia que verdad. Incluso sus delirantes
constituciones excluyeron a indios, negros, artesanos, campesinos y blancos de la servidumbre pues, para ejercer el voto, por ejemplo, debían saber leer y escribir, condición imposible, o ser propietario de tierras o tener rentas. Pura exclusión legal. “…La independencia empeoró las condiciones de la población indígena…” anotó algún historiador. Y añade don Francisco Martínez Hoyos: “… las nuevas repúblicas fueron obra de blancos para blancos donde los indios quedaban reducidos a la condición de ciudadanos de segunda categoría…” . Y Mariátegui apunta: “… el virreinato aparece menos culpable que la República…”, es decir que los indígenas solo cambiaron de amo pues los criollos desataron un “colonialismo interno” que todavía hoy es la práctica de los gobiernos de turno. La repartición de las  tierras comunitarias, auspiciada por Bolívar, permitió que quedaran en manos de los terratenientes y los indios reducidoss a siervos y esclavos.

Las encomiendas, mitas, resguardos de La Colonia fueron formas de esclavitud y de vigilancia que garantizaban el domino de los blancos invasores. Pero la ley 90 de 1890 fue más allá: creó las misiones para gobernar a “los salvajes” y con ellas promovió la trasculturización. Lo poco que se sostenía en costumbres, lenguas, dioses y medicinas ancestrales se perdió ahora sí con la cristianización
¿catolización? de las comunidades. Y para colmo, sobrevino la famosa Colonización antioqueña, otra invasión de blancos idealizada como gesta que terminó desplazando y eliminando toda resistencia indígena.

No es extraño pues que el presidente no quiera reunirse con la minga. Los indígenas siguen siendo ciudadanos no ya de segunda sino de tercera, herencia de los blancos que ven como enemigos a todos los que defienden la tierra como patrimonio ancestral, propiedad inalienable en la mira de los terratenientes históricos de las regiones de Popayán, Pasto y Patía.