LOS PAPELES DE JULIO MARTEL: LA  EJECUCCIÓN

Por: Adalberto Agudelo Duque

Parecía imposible franquear la barrera con el viejo en la silla, los ojos ausentes y la tristeza de siempre llenando todos los espacios. Era estar en la cueva del león que duerme en apariencia y, sinembargo, desde las fronteras del sueño, percibe la caída de una hoja, el silencioso tropel de las mil patas del gusano y quizá el estruendo del caracol. Lo observó con detenimiento. Se veía endeble y frágil. Apoyaba el rostro en ambas manos como los niños cuando están tristes.

Pensó que iba a levantarse. Solo cambió de postura y el taburete se quejó a punto de desbaratarse. Sin alarmas, sin prisas, con toda la parsimonia de años y años de práctica. Se interesó en la fanfarria de urgencia y la voz alta de una radio cercana:

…Atención. Urgente. Urgente, decía, no obstante las expectativas y preocupaciones por la violencia de esta semana, las autoridades reportaron hoy completa calma. El patrullaje se intensificó en previsión de nuevos desmanes durante el séptimo día de desórdenes y la centésima manifestación pública. La ciudad parece tranquila con todo y las ciento cuarenta y cuatro vitrinas cubiertas con tablas para evitar el saqueo y el robo. Se teme que, ante la negativa a las peticiones de los alumnos, la situación haga una nueva crisis y desemboque en actos de incalculables consecuencias. Se establecen los primeros puntos de contacto y se abren las puertas de un arreglo entre delegatarios aunque no se garantiza el pronto retorno a la normalidad académica y a la vida pacífica de la ciudadanía. Una fuente de alta confianza advirtió el peligro de una verdadera masacre pues se impartió en secreto la orden de disparar si se insiste, por tercera vez consecutiva, en desafiar el toque de queda a partir de las siete de la noche hora gmt. Un líder dijo al reportero de esta emisora que están dispuestos a llegar hasta la inmolación por la re apertura de la U. con todos los servicios existentes antes del cierre, arbitrario y lesivo para los intereses de los jóvenes de provincia sin recursos económicos para sostener sus estudios.

Atención, urgente. Urgente. Por teletipo informan que dos traficantes internacionales…

Un dolor agudo lo sacudió de arribabajo. Orden de disparar, la mordedura de fuego, las puertas abiertas y cerradas en un juego de luces y sombras. Desde otra dimensión, tras una cortina o todavía bajo los efectos del último cachito vio a su padre levantarse del asiento. Supo entonces que la espera no tenía lógica si al fin de cuentas él mismo no era sino un fantasma soñando la pesadilla de estar vivo. Sacudió la cabeza. Era una visión. Ahí estaba, con el rostro entre las manos, los ojos ausentes y esa tristeza suya, monumental, llenando todos los espacios.

Resuelto a salir, no se atrevió a pasar sobre esa presencia inconmensurable, vigilante, despierta hasta la infinita sensación de ser una antena puesta en dirección al universo. Un minuto más tarde lo vio levantarse, marcharse sin palabras, en silencio, como siempre. Esperó para dar tiempo a que el viejo, de pasos lentos, desapareciera en las últimas esquinas de los extramuros. La radio vecina sonó más alto de lo usual:

…Atención, urgente. Urgente, un informe oficial de última hora advierte a los revoltosos sobre el peligro de una nueva confrontación con las fuerzas del orden. Seremos implacables, dice, en la represión de todo acto de violencia o la contravención a las normas de derecho escritas para salvaguardar la honra, vida y bienes de los ciudadanos. No se harán concesiones de ninguna índole y no habrá clases mientras se encuentra una estructura que prevenga y evite en el futuro inmediato este tipo de enfrentamientos y conflictos. Los convictos pagarán pena de presidio y no se tendrá ninguna contemplación o miramiento con el sexo, la edad o la religión. Tal disposición constituye una respuesta a la solicitud de un grupo de notables de aplicar mano dura a los estudiantes que se aprovechan de las debilidades de la actual administración para entablar injustos y extremos requerimientos…

Atención, atención. Vía teletipo nos informan…

Buscó la diminuta sombra de la madre en la penumbra de la cocina. Le silbó la clave. Ella se volvió a mirarlo y vio en su rostro una sonrisa distinta, más tierna, más suya. Sí, en definitiva más para su mano en alto diciéndole adiós. Salió silbando, limpio y lleno, contento porque al fin de cuentas la verdad no está detrás de los sueños y la historia se vive por episodios sin remedio.

Evitando encontrarse con el padre se marchó sin prisas, calle arriba, calle abajo, primero a darle una vueltecita a la china y luego a recorrer los restos de una ciudad recién salida de un sitio donde estaban su mano y su obra. Mentalmente contó las vitrinas rotas, los cascos que fueron blanco de su puntería, dolorosa puntería que ahora le punzaba el corazón pues al fin de cuentas era su tierra, tanto más cara a su corazón cuanto más sujeta a la mano de sus recuerdos. Hizo un balance de sus pérdidas, es decir de los cristales que escaparon a su mira. Muy lejos desde allí, oculto desde acá, el grueso vitral de un banco: copia exacta del cielo y la colina, la ciudad retratada, imaginada, copiada y recreada por la ciudad misma. La parte y el todo. Una lección práctica para su profe de Filosofía, escolástico y castrador, incapaz de otras alternativas. Se sintió inmóvil en la tierra, macho cabrío uncido a la roca: su imagen, fantasma entre las ruinas, se reflejaba hasta el cansancio en esa especie de puertaventana oscura desde afuera, clara desde adentro y en su reflejo, una urbe que se derrumba y cae para armarse vertical y desafiante un segundo más tarde en un incendio de colores.

Trató de completar los episodios del sueño, historias antes de la historia. La calle recta, larga, mostraba en su hontanar de Occidente el resplandor de fuego del ocaso de septiembre.

II.

Lo vio aparecer por la calle, las manos en los bolsillos, el gesto displicente. En segundos estaría encabezando la protesta, encorando los gritos. Compañero indiferente, únete a la lucha. Cierran universidades y la lucha continúa. Encarcelan estudiantes y la lucha… Tembló de placer pensando en la variación del grito. No tuvo tiempo de concretar la frase. Pese a las advertencias, a las amenazas, antes bien empezaban a salir en las manifestaciones las mismas viejas acompañando a sus muchachos, cosa rara, el puño más alto, la voz más firme, más recio el paso. Lo siguió. Sin perderlo de vista, sigiloso, acariciando el arma a la espera del momento oportuno. Parecía un manifestante más, unido por convicción a la lucha interminable y desigual que comenzara semanas antes. Por la calle real abajo, por la calle real arriba. Dispersarse. Dispersarse. No aceptar enfrentamientos abiertos. No aceptar las provocaciones. Defenderse si era preciso. Dispersarse. Cerca de la plaza mayor un hombre joven reunió a los muchachos dispersos y los guió hasta ella. Los dejaron entrar y una vez allí les cayeron por centenares. No fueron suficientes las voces de alerta, ni las carreras, ni los gritos de piedad de las mujeres y los niños. Encerrados en la trampa mortal del gran parque, buscaron protección en uno de los atrios laterales de la iglesia. Allí se hicieron fuertes. A piedra. A grito. A puño en alto, como si el gesto fuera suficiente para repeler los bolillos, la bota, el fusil. Corrida la voz, la turba se reunió en las esquinas y cuando ya no cupo en las esquinas las esquinas se juntaron en un solo grito, una sola marcha, una sola protesta. A las cinco de la tarde, puesto el sol a propósito sobre la amplia ventana de Occidente, la ciudad se derrumbó. Una batalla campal en cada plaza, en cada calle, en cada puerta. Sin vencedores ni vencidos. Una multitud que empuja, presiona, rompe los diques y se dispara compacta, invencible, a reclamar para sí el gran reto de todos los días: ocupar la plaza mayor y exigirle al enemigo la rendición incondicional, rescatar a los cautivos y romper el sitio que tiene al borde de la entrega y del sacrificio a esa valerosa muchedumbre que resistió una tras otra las descargas de los antimotín.

Temeroso de testigos que pudieran incriminarlo no pudo evitar sobarse la cicatriz cuando sintió esa especie de hormigueo premonitorio: ¿habría de ocurrir algo? Sucedió. Vio su pelo como una llama entre las llamas del atardecer. Y luego, levantar la piedra, tomar impulso, cinco, diez metros y lanzar. ¡Qué puntería! Al escudo. Al casco. Retroceder. Batidos uno por uno, los que lograron el refugio de los almacenes frente al atrio se hicieron inexpugnables. Así lo entendió: desde atrás, desde adelante, desde todos los alrededores, llamando, dividiendo sus fuerzas, haciéndose fuertes en los terrenos libres, los muchachos sitiaron a los sitiadores. Por primera vez en ciento cuarenta años, un pueblo altivo confrontaba la fuerza de la unión contra la fuerza de las armas.

Había que hacer algo. Cada vez más lejos, cada vez más espacio, cada vez más refuerzos para los manifestantes. Dentro de poco, unos y otros, se fundirían en una sola algarabía, una sola marcha, una sola piedra, una sola ira. Pueblo contra pueblo. Uno, con el uniforme de los trajes y, otro por el grito, la carrera, la zozobra. Y en medio, una llama al viento, el más animoso, el más fuerte, el más audaz. Siempre al frente. Indicando la pronta respuesta al ataque con el gesto, el ejemplo, la palabra. Estaba en todos los frentes. Como los moribundos que no tienen sino una vida para perder y no las siete del gato. Como los condenados a muerte, en todas partes, deshaciendo los pasos y borrando o tratando de borrar las huellas de su propio barro. El ojo y la bala en un solo todo. El blanco perfecto. Una llama al viento, una llama entre las llamas del atardecer.

Tembloroso, sacó el arma de la funda. Lo examinó desde la distancia. Lo vio recoger una piedra pequeña, talvez la última para la defensa de la fortaleza. Rodilla en tierra, cañón al antebrazo, el ojo a la mira, el pulso firme, firme. Tomó impulso, cinco, diez metros. Miró el objetivo y por un instante sus ojos se cruzaron. Le apuntó a la cabeza. Justo entre las cejas. Y disparó. Dos veces. No pudo lanzar. Un boquete negro, negro, una ventana pensó, se abrió en su cerebro. Un trueno largo. Otro trueno sumándose al trueno. Se le doblaron las rodillas y cayó sobre el pavimento del andén frente al atrio. Un grito. Muchos gritos. Disparó el proveedor en la misma dirección, sin apuntar, temblando agónicamente. La gente se tendió en el suelo. A lo lejos, en otra plaza, en las dimensiones del sueño, otro disparo. Otro trueno. La misma escena.

Cuando estuvieron seguros de no oír más detonaciones, varios compañeros corrieron el riesgo. Arrastrándose, mirando el territorio de los antimotín, buscando en las ventanas, en las puertas, en las terrazas. Nada. Nadie. Hasta los policías parecían a disgusto. Inquietos, sin orden previa, deshicieron el cordón y se retiraron con prudencia.

Entonces se volcaron sobre los compañeros que, de rodillas junto a él, no acertaban a hacer algo, estupefactos, en el límite máximo de la conciencia y del sueño. Está vivo, dijo alguien. No, respondió alguien más. Está vivo insistió un tercero. Lejos todavía, la sirena de la ambulancia anunció su voz inútil. Entre varios lo recogieron con dificultad. Con igual dificultad lo subieron a un carro aparecido por azar. Con la mano en la bocina, sorteando el gentío que impedía su carrera, el voluntario ganó el hospital. Urgencias. Corra, corra, le gritaron a un hombre de azul, dueño en esas circunstancias de la vida y de la muerte. Hombres y mujeres de gris, ropas claras. Carreras. Una camilla. Oxígeno. Oxígeno. El estertor agónico, los ojos en blanco, la nariz amarillenta, cerúlea, presa del aguijón que marca la frontera definitiva. Oxígeno. Rápido, pulmones mecánicos, quirófano. La voz monótona, con el acento deshecho por la fatiga, citó a las eminencias a cirugía. Lo conectaron a todos los aparatos, a todos los órganos mecánicos.

Consternados, el llanto aflorando incontenible, los muchachos hicieron guardia en la puerta de urgencias. Esperaron. Durante largas horas, esperaron.

III.

A la larga, ninguna espera rinde sus frutos. Por lo menos, no esta espera porque los instantes vitales que la muchedumbre rindió en homenaje al moribundo no sumaron su vida. Corrida la voz, el populacho cambió de objetivo. Ya no era importante la plaza, ni necesario forzar un diálogo, un arreglo, sino abrir un compás de esperanza, elevar una oración, multiplicar la plegaria por el muchacho. También el enemigo se atrincheró en las puertas del hospital para no permitir el ingreso tumultuoso de la gente ni el escape de la información. Los guardianes se tomaron los edificios sin violencia, solidarios con el inmenso dolor juvenil.

La gente silenciosa esperó afuera. No fueron suficientes los llantos de las muchachitas que estrenaban sus primeras cuotas de mujer, viudas de quince años, novias del sol, del atardecer, de los pájaros cantores. Ni fue suficiente el estupor, la ira, la falsa verdad de la vida sujeta a los mecanismos, ni el doloroso grito del tumulto reclamando su cuerpo para sepultarlo en los nidos más altos del cedro: ese que cambia de hojas los inviernos y de sombra los veranos. Una voz, un informe, un dato puesto de boca en boca clausuró toda esperanza. Y los sueños juveniles se derrumbaron. Dos balazos. Dos orificios. Los centros motores con daño grave irreversible. Vida sin animación, animación sin vida, mecanismos. La existencia y la muerte en el umbral, en un todo, como una lección concreta para el profe de Filosofía que nunca supo de alternativas. Los muchachos se fueron cantando por la calle un himno fúnebre recién inventado. Las ventanas siempre cerradas se abrieron de par en par a llorar con la gente y el compañero indiferente no se quedó en los andenes y los jardines: sumó su miedo al miedo de los otros con el propósito de ganarle a la derrota la primera batalla. Una batalla sin banderas, todavía sin vencedores no obstante el requerimiento a la paz que formuló la administración desde todas las emisoras:

… Atención, urgente. Urgente.

Un informe oficial de última hora anuncia por lo menos dos víctimas de especial consideración como consecuencia de los enfrentamientos de esta tarde entre manifestantes civiles y fuerzas del orden. Hay, dice, cientos de personas cautivas entre las cuales se encuentran los niños con sus padres. El vocero advierte que se hacen los arreglos necesarios para resolver su situación en las próximas horas. Con este acto de buena voluntad las autoridades esperan que el populacho vuelva por los cauces normales de la paz y del trabajo. Demandan cordura y abren las puertas del diálogo que busca un arreglo entre las fuerzas en conflicto…

La juventud aplaudió. Un instante después se sumergió en la incertidumbre, en el grito, en el reclamo del compañero caído en la lucha.

El informante añadió:

…De otra parte, niega que uno de los estudiantes murió cuando lo conducían al hospital. Por el contrario, dice, se atiende, con todos los recursos de la ciencia, en el centro asistencial y se recupera bien esta noche después de una rápida, eficiente y positiva cirugía en la que participaron los mejores hombres de la Medicina. La administración, agrega, lamenta este doloroso accidente y expresa a los padres, familiares y compañeros de las víctimas, su profundo pesar y más ferviente deseo porque la curación sea total, pronta y definitiva. Anuncia además que a partir del ingreso al centro de salud, todos los gastos correrán por cuenta del tesoro público y se compromete a emprender, de inmediato, una rigurosa investigación que determine los culpables y a castigar sin contemplaciones a quienes resulten como tales. Volvemos ahora a nuestro programa habitual…

Los muchachos silbaron. Más tarde, ocupando sin riesgo y sin contratiempos la plaza del héroe nacional, vieron pasar sobre el cielo una sombra que los oscureció sin ninguna explicación.

COLOFÓN. Manizales 1976, Colombia 2021. Ninguna diferencia. No hemos avanzado nada.

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